Josep Sunyol
La Directiva

Josep Sunyol, el presidente fusilado: 90 años de un crimen

Compartir
Compartir

Presidente del FC Barcelona, diputado republicano y catalanista, Josep Sunyol fue ejecutado sin juicio por las tropas franquistas el 6 de agosto de 1936. Nueve décadas después, su cuerpo sigue sin aparecer y su figura continúa explicando una parte esencial de la identidad azulgrana

Mucho más que un presidente del Barça

Josep Sunyol i Garriga fue mucho más que el presidente del Barça asesinado durante los primeros compases de la Guerra Civil. Abogado, empresario, periodista y diputado en las Cortes republicanas, defendió una idea del deporte estrechamente vinculada a la participación social, la democracia y la identidad colectiva.

Nació en Barcelona el 21 de julio de 1898, en el seno de una familia acomodada relacionada con la industria azucarera. Sin embargo, su posición económica no lo acercó al conservadurismo predominante entre una parte de la burguesía catalana. Sunyol se comprometió con el catalanismo democrático, el republicanismo y un reformismo social que defendía las libertades políticas y el autogobierno de Catalunya.

Su pensamiento debe situarse en la cultura republicana catalana de entreguerras, que combinaba la reivindicación nacional, la democratización del Estado y la modernización social. Antes de incorporarse a Esquerra Republicana, militó en el entorno de Acció Catalana. Posteriormente, fue elegido diputado en 1931, 1933 y, de nuevo, en febrero de 1936.

La política no ocupaba un lugar secundario en su vida. Sunyol entendía que la democracia también debía construirse fuera de los parlamentos, en la prensa, en las asociaciones, en los estadios y en los espacios donde se reunían las clases populares.

«Esport i Ciutadania»

Esa concepción quedó resumida en el lema «Esport i Ciutadania», bajo el que impulsó en 1930 el semanario La Rambla. La publicación combinaba información deportiva, actualidad política y movilización cívica, y utilizaba la enorme popularidad del fútbol para acercar el debate público a lectores que quizá no compraban un diario estrictamente ideológico.

Para Sunyol, el deporte no podía vivir aislado de la sociedad. El fútbol era espectáculo, pero también educación colectiva, participación y afirmación nacional. Esa línea editorial convirtió a La Rambla en una publicación incómoda para las autoridades, que la multaron, suspendieron su circulación, registraron su redacción y secuestraron varias ediciones.

Su catalanismo y republicanismo chocaban tanto con la herencia autoritaria de la dictadura de Primo de Rivera como con quienes pretendían reducir el fútbol a una mera distracción. En ese sentido, Sunyol fue uno de los primeros dirigentes en entender el alcance político y social de un deporte que ya movilizaba a miles de personas.

La historia de La Rambla también se relaciona con una de las tradiciones más reconocibles del barcelonismo. Desde su redacción, situada cerca de Canaletes, se comunicaban los resultados del Barça mediante una pizarra. Los aficionados comenzaron a concentrarse allí para conocerlos y convirtieron aquel espacio en un punto habitual de encuentro azulgrana.

Del compromiso catalanista a la presidencia

Sunyol se hizo socio del FC Barcelona en febrero de 1925, en plena dictadura de Primo de Rivera y pocos meses antes del cierre de Les Corts tras la histórica pitada a la Marcha Real. Su adhesión al club tenía una dimensión deportiva, pero también política y cultural: el Barça ya era una institución castigada por su arraigo catalán y por haberse convertido en un espacio de expresión colectiva.

En 1928 entró en la junta directiva y, durante la temporada 1929-30, presidió la Federación Catalana de Fútbol. Finalmente, en julio de 1935 asumió la presidencia del Barça, después de haber rechazado anteriormente el cargo por motivos de salud.

Recibió una entidad con problemas económicos y en un contexto social cada vez más tenso. Junto a Esteve Sala y Francesc Xavier Casals, contribuyó al saneamiento de las cuentas. Durante su mandato, el equipo conquistó el Campeonato de Catalunya y alcanzó la final de Copa de 1936, que perdió ante el Madrid.

Josep Sunyol en el palco junto a Lluís Companys
Josep Sunyol en el palco junto a Lluís Companys

Sin embargo, su importancia al frente del club no puede medirse únicamente mediante balances económicos o resultados deportivos. Bajo su presidencia, el Barça reforzó su condición de institución cívica y cultural. No actuaba como un partido político, pero tampoco permanecía neutral ante la represión de las libertades catalanas.

Esa concepción ayuda a comprender una parte del significado histórico del “més que un club”, aunque la expresión todavía no existiera. Sunyol representaba una idea incómoda para cualquier poder autoritario: la posibilidad de que una entidad deportiva de masas se convirtiera también en una comunidad consciente de su identidad y de sus derechos.

Los últimos días: una misión política

El golpe militar de julio de 1936 alteró por completo su vida y la del club. Durante las primeras semanas de la guerra, Sunyol actuó como enlace entre las instituciones catalanas y las autoridades republicanas. Primero viajó a Valencia y después se desplazó a Madrid acompañado por el periodista Pere Ventura.

Su misión era política e institucional: como diputado republicano, transportaba comunicaciones destinadas a dirigentes de la República.

Una vez en Madrid, decidió acercarse al frente de la sierra de Guadarrama. En aquellos primeros días del conflicto, las líneas militares cambiaban con rapidez y la información circulaba de manera confusa, incompleta y contaminada por la propaganda. Las posiciones podían modificarse en pocas horas y no siempre existían indicaciones fiables sobre las zonas controladas por cada bando.

El 6 de agosto de 1936, el vehículo en el que viajaban Sunyol y sus tres acompañantes entró en territorio dominado por los militares sublevados. La hipótesis más aceptada sostiene que creían continuar dentro de la zona republicana y que la confusión del frente los llevó a cruzar las líneas sin advertirlo.

Las tropas franquistas los interceptaron cerca del kilómetro 52 de la antigua carretera de Madrid a La Coruña, en un punto que con el tiempo recibió el nombre de la Casilla de la Muerte.

Identificado y ejecutado sin juicio

Cuando los militares comprobaron su identidad, entendieron que no estaban ante un viajero cualquiera. Sunyol presidía el FCBarcelona, representaba a Esquerra Republicana en las Cortes y ocupaba un lugar destacado dentro del catalanismo político.

Poco después, las tropas franquistas lo ejecutaron junto a sus acompañantes, sin juicio ni procedimiento legal. Ese es el núcleo indiscutible de los hechos. Sunyol no murió en combate ni quedó atrapado en un intercambio de disparos: los sublevados lo capturaron vivo, lo identificaron políticamente y lo fusilaron.

Algunos relatos posteriores describieron un breve interrogatorio, un pelotón de ejecución y unas supuestas últimas palabras en defensa de Catalunya y la República. Sin embargo, no todos esos detalles cuentan con la misma solidez documental. Buena parte de esas escenas procede de informaciones publicadas meses después y basadas en testimonios cuya condición de testigos directos ha sido discutida.

El rigor histórico obliga a evitar una reconstrucción cerrada de unos minutos sobre los que todavía existen dudas. Lo que sí puede afirmarse es que las tropas franquistas lo detuvieron, reconocieron su identidad y lo ejecutaron sin ninguna garantía legal.

La confusión del frente explica cómo llegó hasta aquella posición. No explica ni justifica el asesinato.

No fue una simple fatalidad de guerra

Presentar la muerte de Sunyol como una desgracia más de la Guerra Civil desactiva el contenido político del crimen. Su entrada en territorio franquista pudo producirse por error. Su ejecución, en cambio, no tuvo nada de accidental.

Sunyol reunía varios de los elementos que los sublevados pretendían eliminar: representaba a la República, militaba en el catalanismo, pertenecía a ERC, dirigía un medio de comunicación y presidía una de las instituciones populares más importantes de Catalunya.

Homenaje a Sunyol en Guadarrama
Homenaje a Sunyol en Guadarrama

No existen pruebas de una orden previa diseñada específicamente para asesinar al presidente del Barça. Tampoco hacen falta para comprender la naturaleza política de la ejecución. Las tropas franquistas lo identificaron como enemigo y lo eliminaron sin juicio.

La represión, además, continuó incluso después de su muerte. En 1939, el régimen franquista abrió contra él un expediente de responsabilidades políticas. La dictadura no se conformó con haber acabado con su vida: también quiso castigar su patrimonio, destruir su legitimidad y borrar su trayectoria.

Un informe falangista llegó a responsabilizarlo del carácter supuestamente “antiespañol” del Barça. La acusación revela hasta qué punto el régimen asociaba el catalanismo, la República y la identidad azulgrana con un mismo enemigo político.

El Barça sobrevivió al asesinato de su presidente

La noticia tardó varios días en llegar a Barcelona. Durante las primeras horas circularon versiones contradictorias y en el club todavía confiaban en que Sunyol estuviera retenido o continuara con vida.

Su desaparición dejó al Barça sin presidente en uno de los momentos más delicados de su historia. Poco después, los trabajadores de la entidad constituyeron un comité para proteger su patrimonio y evitar que otras fuerzas lo absorbieran o intervinieran. Aquella estructura permitió sostener el club durante la guerra.

La gira por México y Estados Unidos de 1937 también resultó decisiva. Los ingresos obtenidos permitieron asegurar la supervivencia económica de la entidad. Muchos futbolistas decidieron no regresar, pero el dinero depositado en el extranjero ayudó a evitar la desaparición del club después del conflicto.

Tras la victoria franquista, el régimen sometió al Barça a una profunda depuración. Modificó sus estatutos, vigiló su identidad catalana e impuso dirigentes afines. El asesinato de Sunyol formó parte de un ataque más amplio contra el mundo político, cultural y asociativo que había crecido alrededor del catalanismo republicano.

Una memoria silenciada durante décadas

La dictadura convirtió la figura de Josep Sunyol en una ausencia y durante años su nombre apenas tuvo espacio en el relato público del club. Ese silencio tampoco desapareció de manera inmediata con la muerte de Franco, sino que continuó durante buena parte de la Transición.

La recuperación institucional y social de su figura avanzó lentamente. No fue hasta las últimas décadas del siglo XX cuando nuevos estudios, iniciativas memorialistas y homenajes comenzaron a devolverle parte del lugar que el franquismo había intentado arrebatarle.

Sin embargo, definirlo únicamente como el “presidente mártir” también puede simplificar su trayectoria. Sunyol fue víctima del fascismo, pero antes había construido proyectos políticos, periodísticos y deportivos. Impulsó prensa, promovió la participación ciudadana y defendió una idea de Barça inseparable de la sociedad catalana de su tiempo.

Su legado no reside solo en la forma en que murió, sino también en la manera en que vivió y entendió el deporte.

Noventa años después, todavía sin tumba

Los restos de Josep Sunyol y de sus acompañantes nunca han sido identificados. En 2022 se realizaron trabajos en la sierra de Guadarrama para intentar localizar el lugar donde pudieron ser enterrados, pero la búsqueda concluyó sin éxito. Los investigadores contemplaron la posibilidad de que las obras realizadas décadas después en la zona hubieran destruido o alterado la fosa.

Por eso, noventa años después, el crimen conserva una dimensión material abierta. Existe una fecha, una zona y una responsabilidad histórica clara, pero no una tumba donde depositar el duelo.

La ausencia del cuerpo no es una anécdota. Conecta su caso con el de miles de víctimas de la represión franquista que continúan en fosas desconocidas, cunetas o terrenos transformados. La memoria institucional no puede reemplazar la localización de los restos ni el derecho de las familias a conocer su destino.

Noventa años después, el asesinato de Josep Sunyol sigue obligando a llamar a las cosas por su nombre. No “murió durante la Guerra Civil”: fue detenido y ejecutado sin juicio por las tropas franquistas. Su condición de presidente del Barça amplificó el impacto del crimen, pero su condena real estaba escrita en otra parte: era diputado republicano, catalanista y defensor de unas libertades que los sublevados querían destruir.

El franquismo no solo acabó con su vida. También intentó borrar su figura, castigar su patrimonio y someter al club que presidía. La depuración posterior del Barça y el expediente de responsabilidades políticas abierto contra Sunyol incluso después de muerto forman parte de una misma operación de represión y silencio.

Por eso su memoria no puede quedar reducida a una efeméride institucional ni a una etiqueta cómoda como la de “presidente mártir”. Sunyol representa una idea de Barça ligada a Catalunya, a la democracia y a la participación cívica. Una identidad que el franquismo combatió precisamente porque entendía que aquel club era mucho más que fútbol.

Recordarlo hoy no exige neutralidad ante los hechos. Exige rigor, memoria y una posición clara frente a quienes todavía intentan rebajar un asesinato político a una desgracia de guerra. Josep Sunyol fue asesinado por el fascismo. Y noventa años después, su cuerpo continúa sin aparecer y la reparación sigue incompleta.

- Publicidad -
Compartir

Deja un comentario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *