Un gol tempranero de Lamine Yamal abrió el camino en el Martínez Valero, pero el Barça se quedó en un 1-3 tras estrellar tres balones en la madera y desperdiciar un carrusel de oportunidades.
El FC Barcelona firmó en el Martínez Valero una de esas noches en las que el marcador se queda corto frente al volumen de fútbol producido. Ganó 1-3 al Elche CF, pero lo hizo con la sensación de haber dejado un resultado mucho más amplio por el camino.
El arranque parecía anunciar un trámite. Lamine Yamal castigó muy pronto una defensa adelantada, resolvió con frialdad ante Iñaki Peña y puso al Barça por delante con un gol que invitaba a pensar en una noche cómoda.
Sin embargo, el duelo se torció por la vía de lo inesperado, la falta de pegada. El equipo azulgrana generó espacios, acumuló llegadas y ganó metros con facilidad, pero fue perdonando una y otra vez hasta permitir que el partido se mantuviera abierto.

Un festín sin sentencia
El plan de Hansi Flick no admitió concesiones: once de peso, ritmo alto y presión para sostener al Elche lejos del área. En ese contexto, el regreso de Frenkie de Jong añadió mando y continuidad a la circulación, mientras Dani Olmo aportaba líneas de pase y último toque.
El Elche, lejos de encerrarse, aceptó el intercambio. Presionó arriba, asumió riesgos y buscó transitar cada pérdida rival, un escenario que multiplicó las ocasiones del Barça… y también los avisos locales cuando encontraba espacio a la espalda.
El empate llegó como consecuencia de esa falta de colmillo. Una acción rápida por banda izquierda acabó en el área y Álvaro Rodríguez aprovechó el desajuste para poner el 1-1, obligando al Barça a recomponerse sin perder la calma.

La madera como enemigo
A partir de ahí, el partido se convirtió en un monólogo ofensivo con interrupciones peligrosas. El Barça enlazó combinaciones al primer toque, rompió líneas y volvió a encontrar a Lamine como epicentro, pero el desenlace de las jugadas fue desesperante: remates desviados, decisiones precipitadas y hasta tres balones que se estrellaron en los palos.
En medio de esa lluvia de intentos apareció el 1-2. Una irrupción de Frenkie dentro del área, con rivales superados y ángulo comprometido, terminó en asistencia para Ferran Torres, que ajustó por fin para devolver la ventaja al Barça.
Ni con el marcador a favor llegó la tranquilidad. Las ocasiones siguieron acumulándose mientras el Elche insistía en buscar el golpe en cada transición, alimentando una sensación extraña: dominio claro, pero sin sentencia.

Rashford puso la sentencia
Tras el descanso, el guion se mantuvo. El Barça volvió a tener ocasiones francas, el Elche siguió encontrando algún pasillo para correr y el encuentro permaneció peligrosamente vivo, como si un detalle pudiera cambiarlo todo.
Con la entrada de Robert Lewandowski y la aparición de Marcus Rashford, el Barça ganó colmillo en los metros finales, aunque el acierto seguía resistiéndose en acciones donde parecía más fácil marcar que fallar.
La jugada que liquidó el choque volvió a nacer desde Lamine. Evitó que la pelota se perdiera, aceleró en la banda y puso el pase definitivo para que Rashford rematara con potencia y firmara el 1-3. Ahí, por fin, el Barça encontró la distancia que su fútbol llevaba tiempo reclamando.
El resultado deja tres puntos y un mensaje claro. El Barça está produciendo una cantidad enorme de ocasiones, pero sigue teniendo un debe en la eficacia. En noches como la del Martínez Valero, el riesgo de perdonar no es solo estético, es competitivo.

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